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Crónica de una muerte anunciada: mapaches, frutos y gente en un bosque tropical PDF Imprimir E-mail
Carlos F. Álvarez H.
 
Ella salio de su tronco temprano en la noche, con la luz de las estrellas y el descanso del astro rey. La siguen sus tres cachorros de algunos meses de edad. En julio apenas se ven del tamaño de un gato de buen porte, en octubre son grandes como un perro mediano…
Su casa esta a medio camino al filo del monte, allá donde los aserradores no se meten hace tiempo. Aunque los escucha de día, mientras busca algo de descanso, relativamente cerca, a veces mas, a veces menos, ese viejo tronco podrido no es atractivo para esos bufosos animales que caminan en dos patas, a menudo acompañados por los de cuatro patas…

Hace algunos meses, ella se estableció en este territorio: un mosaico de fragmentos de monte, rastrojos, cultivos y casas de bípedos de donde obtener el alimento. Un racimo de bananos maduros o un buen trozo de papaya siempre son bienvenidos en las inmediaciones de una ceja de selva, que antes era mucho más amplia y cada vez es más estrecha. Las tumbas y quemas, los pastos, los cultivos y las casas, ahora ocupan un territorio recorrió antaño con su madre, cuando le enseñaba los caminos de la vida…Ahora es su turno, sus crías la siguen, miran y aprenden, como ella lo hizo hace algunos años...

No todas las casas de esta zona costera frente al gran Caribe tienen perros, los cazadores son pocos (o salen poco, pues ahora pasan mucho tiempo en otras labores como la construcción o el negocio de mercancías varias). Además, están esos racimos de bananos y esas papayas maduras, puestos en la mesa al alcance de las patas (que más bien parecen manos peladas).

A veces el silencio resulta buena estrategia para la aproximación, en otras ocasiones el ruido es importante para la comunicación con el grupo y para verificar si hay peligros potenciales…Gruñidos, chillidos y nada pasa. Camino libre. En esta casa, nada indica que algo malo puede ocurrir, igual en cada segundo de la vida se puede estar en peligro, esa es una ley inexorable en la vida. La comida está allí y esos personajes de dos patas, que guardaron silencio cuando llegamos, no se ven amenazadores…A no ser por que de tanto en tanto un chillido leve antecede a luces brillantes como las de la tempestad, pero que alumbran solas y sin el estruendo del trueno.

Esta fue una buena noche, comimos hasta hartarnos solo perturbados por chillidos y aquellas luces alegres de los animales bipedos que al parecer dominan esta fracción de territorio (según indican sus peculiares delimitaciones que hacen con la tumba del monte, esas laminas como hojas de ningún árbol que brillan, a veces saben y huelen, pero que nunca se pudren; y por su hedor a aceites amargos que se queman). Mañana regresaremos quizás, a ver que pasa…

Esta vez, entramos a otro territorio, cerca de otra casa. Nos descolgamos del filo de monte hasta llegar a una pequeña vertiente que en una de sus caras está cubierta por una sucesión entre un rastrojo enmarañado y un bosque joven que ya se levanta pero cuyos árboles apenas engruesan. Con solo cruzar un pequeño cauce estacional (que solo carga agua en el invierno), se está en el destapado, en la propia casa de los animales que caminan en dos patas. El aroma del perro viejo que allí vive, se siente pero no aparece como una amenaza directa, ya ni ladra cuando estamos cerca…Un buen gajo de bananos cuelga del techo justo debajo de una mesa. Entramos en silencio, pero esta vez, el hombre está más cerca de lo que imaginamos o sentimos, escondido en la sombra. Un hombre que se cansó de perder parte del sustento alimenticio de la familia, cuando el animal de monte se mete en su cultivo, además del ruido y alboroto que arman esos jodidos que tumban platos y ollas, dañando, destapando y regando cosas…

Silencio antes de la tempestad, comenzamos a comer y justo después del rayo, el zumbido del machete recorre el aire, pasa cerca pero no toca la carne. Escándalo, corremos en desbandada, pero allí de la otra esquina sale el perro viejo que hace sentir su presencia con ladridos y dientes que atacan…En medio de la oscuridad, luces que parpadean, chillidos, corremos hacia el monte, hacia nuestra casa, pero antes de alcanzar la quebrada que nos separa de este infierno en el terreno abierto, aparece de nuevo el trueno, el humo, el silencio y luego los gritos de gloria del hombre …El hierro encontró la carne en una de las crías… llamamos, esperamos y esperamos, dimos vueltas y llamamos de nuevo afanosos por encontrarlo, pero todo fue en vano…

Esta noche somos menos en el tronco, hay mas espacio, pero también conmoción, dolor e incertidumbre hacia el futuro de la familia ¿Acaso será este nuestro último territorio ancestral de donde seremos desplazados por los animales de dos patas?…

Una historia repetida y bien conocida a lo largo y ancho del planeta, vivida por diferentes actores y en diferentes telones. Sucede en bosque y sabanas, en las partes altas y en las bajas, en las costaza y en los ríos…Es otro cuento que narran los abuelos, se escribe en papeles o se muestra en imágenes. Es un llamado de atención constante (y cada vez más urgente de atender) par poder soñar en el futuro de la vida.